domingo, 29 de marzo de 2009

Cuadro de las manos orantes

Por: Carlos Cauhtémoc Sánchez

Dos hermanos huérfanos deseaban ser pintores, pero no tenían dinero y la única fuente de ingresos en el pueblo era una vieja mina. Ambos echaron a la suerte cual de los dos trabajaría como obrero y cual iría a la academia de pintura. Perdió el mayor.
Pasaron cinco años. Al fin, el menor se graduó como pintor. El día de la fiesta, le entrego a su hermano el diploma y le dijo:

- Gracias por el sacrificio que hiciste por mi; ahora es tu turno de estudiar pintura; venderé mis cuadros y pagaré tus estudios.
El hermano mayor renunció a la mina y fue a la academia, pero cuando tomo un pincel vio que su mano temblaba. El profesor le dijo:

- Lo siento, usted jamás podrá ser pintor; ha trabajado demasiado tiempo en la humedad y ha adquirido una enfermedad reumática.

Se fue a su casa. Estaba alegre de haber podido ayudar, pero se sentía triste porque no iba lograr sus sueños jamás. Junto sus manos y se puso a dar gracias a Dios. El hermano menor llegó a verlo, le dijo:

- Ya me enteré de la mala noticia: jamás podrás ser pintor, ¡Cómo lo siento!, dime ¿Qué puedo hacer por ti? El mayor contestó:

- Pinta mis manos mientras estoy orando… y, cuando veas el cuadro, recuerda que estas manos se deshicieron para que tú te hicieras…

Esta historia me ayudo a comprender a mi padre, yo siempre me enojaba por qué casi no jugaba conmigo y por qué no estaba a mi lado cuando más le necesitaba, cuando leí esta historia, entendí que él estaba “deshaciéndose” para que yo “me hiciera”. Entonces lo amé y lo respeté…

Hay dos tipos de personas importantes en el mundo: las que apoyan y las que sobresalen. Las primeras no siempre logran dinero o fama, pero son las más valiosas…

De los dos hermanos, aunque el pintor haya logrado popularidad, el obrero será siempre el personaje más extraordinario…

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